¡Inauguramos el Grupo de Juego “PEQUEÑOS LATIDOS”!

El próximo lunes, 14 de septiembre, inauguramos el Grupo de Juego “Pequeños Latidos”, un lugar de encuentro para familias con niñ@s de entre 1 y 3 años.

Lugar de encuentro: Dos Latidos Espacio de Crecimiento. C/Subida al Convento, 8. La Cabrera

Días de encuentro: Todos los lunes, de 16h a 19h (cada familia se incorpora a la hora que prefiera)

Precio: 40€/mes

¡Muchas gracias a las 5 primeras familias que han depositado su confianza en nosotros!

 

2015-08 Anuncio Grupo de Juego 3

Una historia entre padres e hijos…

manos

Mediados de diciembre… Este año el invierno está resultando especialmente duro y Juan ha cogido una bronquitis de la que le está costando  recuperarse. Luis le ha prometido que si esta semana se toma todos los medicamentos sin protestar, le llevará a cenar a ese restaurante americano que tanto le gusta. Juan ha cumplido con su parte, y ahí están, padre e hijo a punto de entrar en el famoso restaurante “Rodeo”. A Juan le brillan los ojos, ¡está muy ilusionado! Cuando cruzan las puertas ven que no hay demasiada gente sentada en las mesas, han ido a cenar temprano porque si Juan se acuesta demasiado tarde, luego le cuesta dormirse. Luis elige una mesa algo apartada de la entrada, no quiere que las corrientes de aire le hagan empeorar de su bronquitis.

 

 

Al principio todo parece ir bien, Juan está bastante tranquilo y acepta de buen grado los platos que Luis le sugiere para cenar. Pero ya sabemos que Juan es bastante impaciente, así que a los diez minutos de haberse sentado empieza a pedir insistentemente sus patatas fritas. Dice que tiene mucha hambre y a pesar de que Luis le explica varias veces que las patatas tardan un buen rato en freírse, Juan sigue repitiendo, con un tono de voz cada vez más elevado, que quiere sus patatas fritas, ¡y que las quiere ya! Luis empieza a ponerse tenso… Le reprende por su comportamiento y le recuerda que si se porta mal no volverá a llevarle a cenar.

 

Las patatas fritas llegan por fin junto a la hamburguesa y los nachos, y padre e hijo empiezan a cenar. Una vez que ha terminado con las patatas, Juan abre la hamburguesa y empieza a sacar con las manos todo aquello que no le gusta: primero el pepinillo, luego la cebolla, después la lechuga… Luis se pone cada vez más nervioso, no le gusta que hurgue con los dedos en la comida… Y encima tiene que soportar la mirado acusadora de esa pareja que está sentada en la mesa de al lado… Vuelva a regañar a Juan, le recuerda que debe comerse la hamburguesa con todo lo que lleva dentro y le repite, una vez más, que si no se porta bien no volverá a sacarle a cenar. Parece que la amenaza ya no surte efecto y Juan sigue jugueteando con la comida y haciendo caso omiso a las advertencias de Luis, que va notando como su enfado crece cada vez más y más.

 

Mientras esperan a que llegue el postre, Juan se aburre así que empieza a entretenerse golpeando los cubiertos contra la mesa como si de un instrumento musical se tratase. La paciencia de Luis empieza a agotarse: se nota tenso, empieza a frotarse las manos con nerviosismo y mira insistentemente de un lado a otro para comprobar si el resto de clientes se están percatando del ruidito que los cubiertos hacen al chocar contra el tablero. Como el postre tarda en llegar, Juan se aburre cada vez más. De repente  la ve, acercándose con paso firme y una bandeja repleta de vasos en su mano derecha. Se trata de la camarera, esa chica rubia que siempre es tan amable con él. Cuando pasa justo a su lado, Juan le pellizca el trasero. La chica se asusta, pega un respingo y lanza la bandeja por los aires. Juan estalla en carcajadas, tan fuertes que pueden escucharse en todo el restaurante… “¡Esto se acabó!, ya no puedo más” dice Luis mientras se vuelve hacia Juan y le pega un fuerte manotazo que le hace parar de reír. A continuación, le agarra fuertemente del brazo, le levanta de la silla y lo arrastra hasta la salida del restaurante, a la vez que pide disculpas a la camarera y le solicita la cuenta. Mientras esperan, le pone el abrigo a Juan con movimientos rápidos y bruscos. Por la cara de Juan empiezan a resbalar dos lágrimas. Luis echa un pequeño vistazo por encima del hombro, ahora sí que está mirando todo el mundo. “¡Vaya bochorno!, esto no se lo perdono”, piensa mientras salen del restaurante.

 

Llegan al coche, Juan se sienta cabizbajo, Luis pone en marcha el vehículo. Tras pasar más de cinco minutos en absoluto silencio, Luis mira a Juan y le dice con desprecio: “¡Parece mentira! Que vergüenza me has hecho pasar. Me prometiste que te ibas a portar bien y mira la que has liado, ¡cómo se te ha ocurrido pegarle un pellizco a de la camarera! Desde luego, PAPÁ, hoy me has demostrado que no se te puede sacar de casa”

 

¿Qué te ha parecido la reacción de Luis? ¿Alguna vez has tratado a tu padre tal y como Luis ha tratado al suyo?… ¿Y alguna vez lo has hecho con tu hijo?…

Cuando escribí este relato y se lo di a leer a un amigo, este me dijo: “No es comparable, es normal ser mucho más severo a la hora de corregir el comportamiento de un niño. Además, si Juan fuera su padre, seguro que era un abuelo muy mayor o estaba enfermo, no debió tratarle así”…

Si leemos esta historia pensando que Juan es un niño, puede que hasta justifiquemos lo que ha hecho su padre. Pero si la leemos pensando que Juan es un “abuelo”, seguramente nos parecerá una barbaridad la forma en la que le ha tratado Luis. Y yo me pregunto: ¿Porqué a veces le hacemos a nuetros hij@s cosas que jamás le haríamos a nuestro padre? ¿Qué nos hace pensar que un niño merece menos respeto que un adulto?... Día a día lucho por desprenderme hasta del más mínimo resquicio de esta creencia,  ¡y me enorgullece saber que lo estoy consiguiendo!

 

Marigú López

DOS LATIDOS